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Nostalgias del encierro

Nacer es un acto de libertad. ¿Queremos volver al seno materno? ¿Cómo tramitamos ese anhelo imposible?  Como se juega, en tiempos de esta pandemia, el deslizamiento posible  entre opresión y depresión.?


 
Dra. Mirta Goldstein

Psicóloga Doctora en Psicoanálisis, Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Ex Secretaria Científica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Docente de Seminarios. Directora de la publicacion La Epoca APA Online y Coordinadora de Formacion Permanente y el Espacio Lacan de APA









Nostalgias del encierro

Los seres humanos, desde que nacemos, estamos siempre en tránsito, en movimiento y cambio; quizás por eso tenemos nostalgia de la vida intrauterina suponiendo, falsamente, que en ella hay quietud y paz: nada menos cierto.  Dentro del seno materno que nos aísla para protegernos, hay permanente transformación, transformaciones cuyo efecto es que al cabo de nueve meses no solo la madre quiere dar a luz, sino que el bebe quiere nacer. Queremos salir del útero porque nacer es un acto de libertad.

A partir del nacimiento empezamos a transitar: de la primera infancia a la pubertad, a la adolescencia, a la mayoría de edad, a la vejez. Cada uno de estos tiempos tiene sus complicaciones: la escuela, la sexualidad, la pareja, la familia, el trabajo. A ese tránsito lo denominamos “salir al mundo”, es decir, cada momento de pasaje es la salida a un nuevo mundo que no será un paraíso, pero será diferente. Y si bien nuestra fuerza vital nos impulsa a salir y conquistar libertad de acción, la vida en sociedad nos impone reglas, códigos, hábitos.

Llamamos “sano” al que acepta adaptarse sin por ello perder su libertad interior. Llamamos “enfermo” al que no puede arreglárselas con los condicionamientos.

¿Qué pasa con la nostalgia al encierro en el cuerpo materno? Algunos la elaboran, la duelan y transforman su energía psíquica en creaciones, en contribuciones, en legados. Otros, los que no pueden soportar la libertad, generan la ilusión de encierros muchas veces malintencionados y crueles.

Los guettos y campos de almacenamiento de seres humanos, las cárceles mal provistas y violentas, los hospitales mentales que enferman, los confinamientos innecesarios e indiscriminados, son métodos disciplinantes que se oponen a la rehabilitación social y a la recuperación de la condición de civilidad.

Durante esta pandemia vemos como el confinamiento puede adquirir el sentido del alojamiento protector o de la reclusión oprimente. Dada esta duplicidad los tiranos, demagogos, autoritarios, saben hacer uso del delicado límite entre la protección y la opresión.

Entonces el confinamiento involuntario puede ser otra forma de abuso y hasta de apartheid porque no está al servicio del distanciamiento planificado y seguro, sino de la discriminación del pobre, del nativo, del vulnerable, de cualquiera que no posea recursos psíquicos para adaptarse al encierro.

En estos tiempos de pandemia en los cuales se nos proponen formas de separación que obstaculizan el salir al mundo extrauterino, tenemos que unir nuestras voces y esfuerzos para restaurar el libre tránsito, sea este geográfico, educativo, laboral, político, informativo y a la vez cuidarnos responsablemente.

Cuidar la vida es cuidarla en la multiplicidad de sus facetas, lo cual no significa oponerse a la autoprotección y a la protección de los otros sino equilibrar no exponerse al contagio del virus, con estar alerta respecto de las propuestas de reclusión que son el comienzo de la locura individual y social, de las depresiones que, aunque transitorias en muchos casos, son más contagiosas y riesgosas que cualquier virus.

Opresión es sinónimo de posible depresión; encierro puede significar reclusión voluntaria e involuntaria; cuidado puede transformarse en control; no nos queda otra salida que estar advertidos de las falsas noticias, pero principalmente de los falsos discursos que atentan no solo contra las libertades individuales sino las libertades populares.

La vuelta a la vida pública nos enfrenta a un nuevo dilema: las burbujas.

Las burbujas con las que reiniciamos la vida social son benéficas, protectoras, pero si se extienden atemporalmente se convierten en encierros.

La frase “vivir en una burbuja” se ha hecho realidad. Mientras antes significaba quedarse fuera de la realidad de todos, hoy significa quedarse con los más cercanos para protegerse de los otros, del afuera. Cada quien convive dentro de su burbuja hogareña, pero, así como a los nueve meses queremos salir del seno materno, hoy los “confinados” por el Covid, quieren salir a la luz porque el encierro los agobia. Ello lo demuestran los jóvenes que, si bien transgreden los protocolos, quieren que escuchemos que “ellos existen”, que están vivos y por lo tanto requieren vivir en sociedad. Claro está que, si desautorizan todo cuidado, se convierten en un riesgo social. ¿Cómo transmitirles que “vivir” en libertad no significa desafiar al destino?

La vida de por si es riesgo, la libertad de por si es riesgo, pero tentar al destino es ir a buscar el riesgo de manera maniaca, porque la contracara de la depresión es la salida eufórica, irreflexiva, es decir, impulsiva.

Por mi parte conozco adultos que tampoco quieren respetar protocolos, que se desentienden de los mínimos cuidados que se piden como el uso del barbijo. Son los que se aferran a la idea de que les han robado un año por lo cual se les debe el acceso a la felicidad y al goce absoluto, ilimitado, son los que desmienten que la felicidad es un poco de libertad conquistada día a día. También están los pueden desafiar al destino, en este caso el contagio, porque la hora llega cuando Dios lo decide; son los que se encierran en sus creencias y no pueden dar a luz la libertad de pensamiento.

La convivencia durante la pandemia nos demanda distanciamiento social que no es lo mismo que encierro. Cada quien aplica ese distanciamiento según sus convicciones, ideales, expectativas e intereses; esta es la faceta de la libertad individual.

La otra faceta, la libertad del todos, es un derecho y un deber. Derecho a cuidarse y a practicar el lazo social posible, y el deber de cuidar a los demás, por ejemplo, avisando cuando se tienen síntomas para no expandir el contagio.

Este tiempo, inesperado, invasivo por la pandemia, invita a diferentes reflexiones. Algunas se han oído reiteradamente: ¿cuál es el limite a la autodeterminación, a la autorregulación? ¿En que momento los decretos gubernamentales encierran en lugar de proteger? Especulación difícil de resolver.

Lo que, si podemos aseverar con convicción, es que ningún ser humano puede vivir encerrado en una cueva, en una burbuja artificial.

Como dije antes, hay un trayecto corto entre opresión y depresión.

 

 





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Nostalgias del encierro

Los seres humanos, desde que nacemos, estamos siempre en tránsito, en movimiento y cambio; quizás por eso tenemos nostalgia de la vida intrauterina suponiendo, falsamente, que en ella hay quietud y paz: nada menos cierto.  Dentro del seno materno que nos aísla para protegernos, hay permanente transformación, transformaciones cuyo efecto es que al cabo de nueve meses no solo la madre quiere dar a luz, sino que el bebe quiere nacer. Queremos salir del útero porque nacer es un acto de libertad.

A partir del nacimiento empezamos a transitar: de la primera infancia a la pubertad, a la adolescencia, a la mayoría de edad, a la vejez. Cada uno de estos tiempos tiene sus complicaciones: la escuela, la sexualidad, la pareja, la familia, el trabajo. A ese tránsito lo denominamos “salir al mundo”, es decir, cada momento de pasaje es la salida a un nuevo mundo que no será un paraíso, pero será diferente. Y si bien nuestra fuerza vital nos impulsa a salir y conquistar libertad de acción, la vida en sociedad nos impone reglas, códigos, hábitos.

Llamamos “sano” al que acepta adaptarse sin por ello perder su libertad interior. Llamamos “enfermo” al que no puede arreglárselas con los condicionamientos.

¿Qué pasa con la nostalgia al encierro en el cuerpo materno? Algunos la elaboran, la duelan y transforman su energía psíquica en creaciones, en contribuciones, en legados. Otros, los que no pueden soportar la libertad, generan la ilusión de encierros muchas veces malintencionados y crueles.

Los guettos y campos de almacenamiento de seres humanos, las cárceles mal provistas y violentas, los hospitales mentales que enferman, los confinamientos innecesarios e indiscriminados, son métodos disciplinantes que se oponen a la rehabilitación social y a la recuperación de la condición de civilidad.

Durante esta pandemia vemos como el confinamiento puede adquirir el sentido del alojamiento protector o de la reclusión oprimente. Dada esta duplicidad los tiranos, demagogos, autoritarios, saben hacer uso del delicado límite entre la protección y la opresión.

Entonces el confinamiento involuntario puede ser otra forma de abuso y hasta de apartheid porque no está al servicio del distanciamiento planificado y seguro, sino de la discriminación del pobre, del nativo, del vulnerable, de cualquiera que no posea recursos psíquicos para adaptarse al encierro.

En estos tiempos de pandemia en los cuales se nos proponen formas de separación que obstaculizan el salir al mundo extrauterino, tenemos que unir nuestras voces y esfuerzos para restaurar el libre tránsito, sea este geográfico, educativo, laboral, político, informativo y a la vez cuidarnos responsablemente.

Cuidar la vida es cuidarla en la multiplicidad de sus facetas, lo cual no significa oponerse a la autoprotección y a la protección de los otros sino equilibrar no exponerse al contagio del virus, con estar alerta respecto de las propuestas de reclusión que son el comienzo de la locura individual y social, de las depresiones que, aunque transitorias en muchos casos, son más contagiosas y riesgosas que cualquier virus.

Opresión es sinónimo de posible depresión; encierro puede significar reclusión voluntaria e involuntaria; cuidado puede transformarse en control; no nos queda otra salida que estar advertidos de las falsas noticias, pero principalmente de los falsos discursos que atentan no solo contra las libertades individuales sino las libertades populares.

La vuelta a la vida pública nos enfrenta a un nuevo dilema: las burbujas.

Las burbujas con las que reiniciamos la vida social son benéficas, protectoras, pero si se extienden atemporalmente se convierten en encierros.

La frase “vivir en una burbuja” se ha hecho realidad. Mientras antes significaba quedarse fuera de la realidad de todos, hoy significa quedarse con los más cercanos para protegerse de los otros, del afuera. Cada quien convive dentro de su burbuja hogareña, pero, así como a los nueve meses queremos salir del seno materno, hoy los “confinados” por el Covid, quieren salir a la luz porque el encierro los agobia. Ello lo demuestran los jóvenes que, si bien transgreden los protocolos, quieren que escuchemos que “ellos existen”, que están vivos y por lo tanto requieren vivir en sociedad. Claro está que, si desautorizan todo cuidado, se convierten en un riesgo social. ¿Cómo transmitirles que “vivir” en libertad no significa desafiar al destino?

La vida de por si es riesgo, la libertad de por si es riesgo, pero tentar al destino es ir a buscar el riesgo de manera maniaca, porque la contracara de la depresión es la salida eufórica, irreflexiva, es decir, impulsiva.

Por mi parte conozco adultos que tampoco quieren respetar protocolos, que se desentienden de los mínimos cuidados que se piden como el uso del barbijo. Son los que se aferran a la idea de que les han robado un año por lo cual se les debe el acceso a la felicidad y al goce absoluto, ilimitado, son los que desmienten que la felicidad es un poco de libertad conquistada día a día. También están los pueden desafiar al destino, en este caso el contagio, porque la hora llega cuando Dios lo decide; son los que se encierran en sus creencias y no pueden dar a luz la libertad de pensamiento.

La convivencia durante la pandemia nos demanda distanciamiento social que no es lo mismo que encierro. Cada quien aplica ese distanciamiento según sus convicciones, ideales, expectativas e intereses; esta es la faceta de la libertad individual.

La otra faceta, la libertad del todos, es un derecho y un deber. Derecho a cuidarse y a practicar el lazo social posible, y el deber de cuidar a los demás, por ejemplo, avisando cuando se tienen síntomas para no expandir el contagio.

Este tiempo, inesperado, invasivo por la pandemia, invita a diferentes reflexiones. Algunas se han oído reiteradamente: ¿cuál es el limite a la autodeterminación, a la autorregulación? ¿En que momento los decretos gubernamentales encierran en lugar de proteger? Especulación difícil de resolver.

Lo que, si podemos aseverar con convicción, es que ningún ser humano puede vivir encerrado en una cueva, en una burbuja artificial.

Como dije antes, hay un trayecto corto entre opresión y depresión.

 

 






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